Se llamó «Proyecto Panamá» y era secreto. La empresa de inteligencia artificial Anthropic compró millones de libros impresos al por mayor, les cortó el lomo, pasó las hojas por escáneres industriales y mandó el papel a reciclaje. Todo para entrenar a su modelo de lenguaje.

La operación salió a la luz por más de 4,000 páginas de documentos judiciales de una demanda por derechos de autor presentada por un grupo de autores. El diario The Washington Post publicó los detalles el 27 de enero de 2026.

«Escanear destructivamente todos los libros del mundo»

La frase no es una interpretación periodística: es la definición que la propia empresa usó en un documento interno. Otro documento instruía al personal a guardar silencio: «no queremos que se sepa que estamos trabajando en esto».

El plan arrancó a inicios de 2024. En febrero de ese año la compañía contrató a Tom Turvey, ex jefe de alianzas de Google Books, el proyecto con el que Google digitalizó bibliotecas enteras dos décadas atrás y que también terminó en tribunales. El encargo, según los documentos, era encontrar la forma de obtener «todos los libros del mundo».

Lo incómodo: un juez dijo que es legal

En junio de 2025, el juez federal William Alsup resolvió que ese modelo de comprar, escanear y destruir no viola los derechos de autor. Su razonamiento fue que si se compra el libro y se destruye el original, no se creó una copia nueva: solo se cambió de formato.

Es decir que destruir el papel no fue una maniobra para esquivar la ley. Fue, precisamente, lo que la ley premia.

Lo que sí le costó caro

El problema legal de Anthropic estuvo en otra parte. El mismo fallo estableció que la empresa había descargado más de siete millones de libros pirateados de sitios como LibGen, en 2021, antes del Proyecto Panamá.

Por esos libros —no por los que compró y destruyó— la compañía aceptó pagar 1,500 millones de dólares para cerrar el caso, sin admitir culpa. Es uno de los acuerdos más grandes de la historia en materia de derechos de autor.

Por qué importa acá

Los modelos de inteligencia artificial que hoy usan periodistas, estudiantes y empresas en El Salvador aprendieron a escribir leyendo. La discusión sobre de dónde salieron esos textos, quién los escribió y si alguien les pagó apenas está empezando — y este caso fijó el primer precedente grande.