China terminó la pieza más grande de su llamado «sol artificial»: un imán superconductor de 582 toneladas, 21 metros de largo y 12 de ancho, el mayor jamás construido para un reactor de fusión nuclear. Lo anunció el Instituto de Física del Plasma de la Academia China de Ciencias (ASIPP), en la ciudad de Hefei, provincia de Anhui.
Qué es esto, sin tecnicismos
El Sol produce energía juntando átomos de hidrógeno. Eso es la fusión, y es lo que China intenta reproducir dentro de una máquina.
Para que los átomos se junten hay que calentarlos muchísimo: 100 millones de grados, unas siete veces más que el centro del Sol. A esa temperatura el gas deja de comportarse como gas y se convierte en una especie de nube eléctrica ardiendo, lo que los físicos llaman plasma.
Ahí está el problema que resuelve el imán: ningún material del mundo aguanta ese calor. Cualquier recipiente se evaporaría al instante. Entonces no lo meten en nada — lo hacen flotar. El campo magnético que genera esta pieza sostiene la nube ardiendo en el aire, sin que toque ninguna pared.
Más grande que el del proyecto europeo
El imán toroidal, con forma de D, tiene 1.3 veces el volumen de los del ITER —el reactor experimental que construyen conjuntamente Europa, Estados Unidos, China, Rusia, Japón, India y Corea del Sur en Francia— y almacena el triple de energía.
Wu Yu, investigador del ASIPP, explicó que la bobina superconductora funciona como el corazón energético del dispositivo: es la que confina el plasma y lo mantiene suspendido. Song Yuntao, director del instituto, destacó que se logró con producción cien por ciento nacional en toda la cadena de suministro, rompiendo monopolios tecnológicos extranjeros. En seis años de desarrollo, el proyecto generó 47 patentes y 25 estándares industriales.
Qué falta
El imán está listo; el reactor no. La construcción avanza en Hefei y las autoridades chinas hablan de un avance cercano al 80 por ciento. El dispositivo debería quedar completo a finales de 2027, y la meta de generar electricidad por fusión está puesta alrededor de 2030.
Conviene decirlo con precisión, porque buena parte de la prensa titula como si China ya hubiera encendido algo: lo que existe hoy es una pieza —enorme e impresionante— de una máquina que todavía no está armada.
Si funciona, la promesa es energía casi ilimitada, alimentada con hidrógeno y sin los desechos radiactivos de larga duración que dejan las plantas nucleares actuales. Esas, a diferencia de esta, parten átomos en lugar de unirlos.

